El pasado 6 de febrero se cumplieron cien años de la muerte de Rubén Darío, poeta nicaragüense a caballo entre los siglos XIX y XX, uno de los grandes nombres de las letras hispanas, y uno de los poetas más influyentes en toda la poesía posterior. Fue el creador y principal representante del Modernismo literario, un movimiento que buscaba la creación de la belleza mediante la palabra por encima de todo, en un gesto de rebeldía que escondía un rechazo a la incipiente sociedad industrial y capitalista, materalista, gris y utilitarista.
Así que con el lema parnasiano de "el arte por el arte" por bandera, Rubén Dario y sus seguidores se decidieron a llenar la literatura de belleza, tanto por la forma como por el contenido, y así, sus versos está poblados por princesas, hadas, jardines, lujos, exotismo, perfumes, mujeres hermosas y fatales, fiestas, violines, caballeros medievales y renacentistas, vocablos extraños y sonoros, colores, perfumes y tactos, adjetivos, metáforas bellísimas, comparaciones sensoriales, referencia culturales y cosmopolitas, refinamiento y aristocratismo, y cisnes, muchos cisnes, que llegaron a convertirse en todo un símbolo del movimiento (de hecho, cuando surge la reacción, una nueva generación de escritores hablará de "torcerle el cuello al cisne" como metáfora de acabar con el Modernismo).
Y aunque hay quien tacha al Modernismo de movimiento meramente esteticista, excesivamente preocupado por la forma en detrimento del contenido y un poco hueco (sin ser del todo cierto, porque al lado del Modernismo más deslumbraste existe otro intimista, en el que se incluye por ejemplo a Antonio Machado), es innegable que en él encontramos algunos de los poemas más bellos de nuestra lengua, pequeños prodigios de versificación y combinación de palabras a los que es difícil resistirse y olvidar.